En este apartado se publican algunos temas que nos pueden ayudar a la reflexión y de alimento para nuestro espíritu. Renovar nuestra mente y corazón para que siempre se dispongan a celebrar y participar de los grandes misterios de nuestra salvación.

 

Los siguientes artículos comprenden las homilías del Padre Francisco Mejía, Sacerdote de la Diócesis de Jericó, Antioquia, quien ofició la Semana Santa en la Casa General de las Hermanas Dominicas Hijas de Nuestra Señora de Nazareth. Bogotá.

 

Otro artículo sobre el mensaje del Santo Padre Francisco, dirigido a los jóvenes de  la Diócesis de Abruzzo y del Molise, reunidos en la plaza del Santuario de Castelpetroso (Italia), en el que les pide: "valentía", "esperanza" y solidaridad.

TRIDUO PASCUAL

Amadísimos hermanos en la fe. Una vez más la Cena. Jesús nos llama para que, con solemne rito abramos el triduo de su Pasión, Muerte y Resurrección con esta celebración preparada en la fe y celebrada con la intensa emoción de saber que todos hemos sido llamados, personal y maravillosamente a esta fiesta de la fe.

 

Cada uno siente esta solemnidad de un modo especial: Para el Sacerdote, presidir la Cena del Señor es revivir todo el amor misericordioso con el que Dios le ha distinguido. La llamada, la formación, la Sagrada Ordenación brotan de aquella santísima Cena en la que Jesús instituye el Sacramento del Orden. Este es nuestro día, día en el que se inicia el nuevo modo de celebrar la Pascua, el nuevo modo de ejercer el Sacerdocio, el nuevo modo de comprender el mandato del amor.

 

Para la comunidad aquí reunida es también fiesta. Esta asamblea sabe que Jesús quiere participarle su Pascua, que vuelve a decir como a los apóstoles: “ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”[1]. Por eso, sabemos que nos somos extraños en esta asamblea que canta, ora, espera, celebra y vive.

 

Es el Señor el que desea cenar con nosotros hoy, es el que, atravesando el tiempo y los espacios, nos lleva hasta el Cenáculo, o mejor, nos hace presente en esta Iglesia, en esta hora, en este momento de nuestra vida, todo el solemne momento en el que, puesto a la mesa, entregó a sus amigos el testamento de su amor.

 

La mesa esta puesta, estamos casi todos. Sí, está Jesús misteriosamente presente en el Celebrante, en el pueblo santo, en la gloria que hoy se nos regala. Estamos los que, dejando tantas cosas, hemos dicho sí a esa voz interior que nos trajo hasta esta casa santa, ( estamos los que comparten conmigo la dicha de ser pastores de esta familia de fe), estamos los que sentimos que en la Eucaristía se expresa la identidad de la Iglesia: Una, porque nos une el amor; Santa, porque es nuestra vocación; Apostólica, porque al mirar los que rodean a Jesús en su primera cena de la nueva alianza, vemos el corazón de unos hombres sobre los que Jesús ha puesto la edificación de su nuevo pueblo santo; Católica, porque en medio de la diversidad de pensamientos, de culturas, miramos cómo nos unen unos Pastores, el Papa, nuestro obispo, y como nos extendemos por el mundo llevando la alegría de la fe a todos los pueblos.

 

Estamos, casi todos.

 

Faltan en esta mesa muchos hermanos que se fueron tras vanas ilusiones. Faltan en esta asamblea, tantos que, habiendo recibido el Bautismo, han olvidado que allí Dios nos regaló una Madre, la Iglesia. Faltan tantos que han perdido la esperanza. Sus lugares vacíos no están en este recinto, están en el corazón de quienes seguimos esperando que vuelvan, para que todos “sean uno”[2], como lo repitió con insistencia el mismo Maestro en la tarde de su entrega.

 

La mesa esta lista. Dios nos ha regalado en esta tarde (en este día) la Palabra que cuenta cómo era la primera Pascua, la del amadísimo pueblo de Israel[3], y lo que de ella nos queda: la reunión de los hermanos, la solemnidad de los ritos. El salmo ha hablado hasta del celebrante: “alzaré la copa de la Salvación invocando tu nombre[4].

 

Pero también nos ha convocado la Palabra para contarnos en la Carta de san Pablo a los Corintios, que esta fiesta, así de este modo, “procede del Señor mismo[5] y que fue él, “la noche en que iba a ser entregado[6]”, quien cambió tantas cosas, quien inauguró la nueva fiesta con signos tan profundos que prosiguen en la historia: Pan ázimo, vino de uva… palabras y gestos que son del mismo Jesús, y, sobre todo, su presencia hecha eterno misterio de amor en nuestras pobres personas, en el ministerio de los que, Ungidos por el Espíritu, a esta hora, en muchos lugares, espléndidos unos, humildes otros, tristísimos muchos, partimos el Pan de la Esperanza sobre el drama de nuestra humanidad.

 

El Jueves Santo nos revive la gracia de este ministerio y nos compromete a nosotros, los que hoy, como en mi caso, estamos aquí frente a la asamblea que aguarda de nuestras manos tan limitadas, el Pan de la Vida, por eso el Papa Francisco esta mañana nos decía:

 

Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor "esté en nosotros" y "sea plena" (Jn 15,11). Me gusta pensar la alegría contemplando a Nuestra Señora: María, la "madre del Evangelio viviente, es manantial de alegría para los pequeños" (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288), y creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres.

 

El sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez!

 

Encuentro tres rasgos significativos en nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge (no que nos unta y nos vuelve untuosos, suntuosos y presuntuosos), es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando al revés: por los más lejanos.

 

Es por eso que, en esta santísima Cena, el corazón tiembla de emoción al saber que Dios nos regala un don tan admirable.

 

En esta Cena debo pedir a cuantos rodean este altar, que no olvidemos en nuestras plegarias una oración fervorosa, como la que sabemos, el pueblo de Dios sabe hacer, por la santificación de cuantos hemos sido ungidos sacerdotes.

 

Pero nuestra plegaria debe ser también por la unidad y la perseverancia de cuantos hemos aprendido que en la noche de su entrega, Cristo quiso hacer de su Iglesia una familia congregada en el amor, una familia en la que carismas y dones, expresen la riqueza admirable del Pueblo que Dios hizo suyo, una familia capaz de vencer las tentaciones de la división, el odio, la envidia, para construir con fervorosa alegría una comunidad de esperanza.

 

Es la Cena del Señor de este año en el que en muchos pueblos y en muchos corazones se han abierto heridas: nosotros las cerraremos con el bálsamo del perdón. Es la Cena del Señor en este tiempo dramático en el que muchos hermanos tiemblan ante el amenazante rumor de la violencia, nosotros cantaremos en cambio lo que desde hace tanto tiempo se proclama en los himnos de este día: «… donde reina el amor y la unidad, allí está el Señor»[7].

 

Es la Cena del Señor que, cerrando el camino de la Cuaresma, nos conduce hasta la mesa de la misericordia en la que Jesús nos dice, como en el Apocalipsis «cenare con él y él conmigo»[8], haciéndonos partícipes de su presencia, de su compañía, de su esperanza. ¡Feliz tarde de la Cena, entrañable banquete en el que Cristo se nos da, adorable presencia del Señor oculto en el misterio de esta Eucaristía eterna y gloriosa!

 

Oh Santa Cena de Jesús, cuna de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica; tálamo del Amor más puro, mesa fraterna de los hermanos, sacrificio de Cristo, el Cordero purísimo nacido de la purísima oveja, María[9]: que no cesen en el corazón las alegrías de esta fiesta, que no se apague en el alma el fuego que hoy se enciende, que se nos conceda, por la gracia del que nos convoca, la dicha de ser sacerdotes santos, consagrados santos, laicos santos, comunidades santas, porque nos va a alimentar el Santo, porque el alimento es su Cuerpo Santo, porque más que en las galas solemnes del Monumento, Cristo quiere vivir para siempre en el corazón de aquellos que hoy aceptamos su llamada y estamos aquí, para adorarlo, para vivirlo, para proclamarlo. Amén.

 



[1]Lucas 22,15.

[2]Cfr. Juan 17.

[3] Cfr, Primera Lectura del Jueves Santo: Exodo 12.

[4]Salmo Responsorial del Jueves Santo: Salmo 115.

[5] Segunda Lectura: I Corintios 11,23 ss.

[6]Ibidem.

[7]Misal Romano. Misa In Coena Domini, Himnos para el Lavatorio de los Pies. Ubi caritas et amor.

[8]Cfr. Apocalipsis 3, 20.

[9]Cfr. Meliton de Sardes. Homilía sobre la Pascua.

 

Amadísimos hermanos:

 

Silencio, silencio que el Rey ha vencido. Así iniciábamos este santísimo rito en el que la Iglesia, conmovida y fiel, se acerca a la Cruz del Maestro para contemplar su Muerte, para esperar su Resurrección.

 

La voz del Profeta Isaías nos ha contado la actitud de un siervo misterioso[1] cuya vida se extingue en medio de indecibles dolores, y por esto los primeros cristianos pensaron que cada sílaba de aquel relato podía aplicarse a Cristo, al Cordero de la Nueva pascua que, también avanza sereno y silencioso a través de los siglos, para llegar a esta hora, la misma que cuenta el Evangelio de san Juan en el amplio relato de la Pasión. La carta a los Hebreos ha exaltado todo el misterio y nos presenta al Siervo Doliente exaltado como Sacerdote de una alianza nueva, entregando en las manos del Padre, como lo cantó el salmo, no sólo su vida, sino la de la humanidad entera, redimida y santificada.

 

Esta celebración, en la que oraremos y nos postraremos reverentes ante la Cruz del Señor, es evocación solemne de la tarde en la que el mundo se detuvo asombrado delante de un Crucificado que logró concentrar en el cuadrante de su Cruz toda la vida, todas las culpas y todas las esperanzas de la humanidad. La Comunión nos unirá de modo pleno al Maestro que, desde la cruz, ha inaugurado un nuevo modo del sacerdocio. Atrás quedaron familias como la de Leví, destinada a culto, atrás quedaron los intérpretes de los mitos de las religiones orientales.

 

Este sacerdocio es distinto. Representa a Dios porque lo acerca a los que lo aguardan, representa la humanidad que quiere acercarse a la altura sublime de un Dios al que el Crucificado ha llamado Padre.

 

Por eso esta tarde encierra un raro misterio. Los creyentes contemplamos extasiados al Crucificado, el Crucificado nos mira con compasión y con amor, nos encontramos allí donde los brazos de Cristo se extienden inmensos para mostrarnos la proporción gloriosa de la bondad de Dios.

 

Al pie de la Cruz del maestro quedarán, en la plegaria, cada ser humano, cada experiencia de fe, cada búsqueda de razones para vivir la vida. Nosotros sabemos que, también, en las llagas de Cristo se encierran los dolores del mundo, en las heridas del Cordero se revelan las crueldades de la historia, en la mirada del Maestro quedan grabadas nuestras vidas, con sus luces y sus sombras.

 

Pero, vestidos de rojo, como el fuego del amor, queremos volver a ofrecer al mundo la esperanza de una humanidad reconciliada, la ilusión de que cesen los odios, la esperanza de ver sanas las heridas de tantas víctimas de la violencia y de la indiferencia.

 

Jesús en la Cruz nos conoce, nosotros aprendemos a conocerlo de un modo nuevo, ya no bajo el esplendor de los ramos de olivo y de palma del domingo que pasó, sino en el nuevo modo de mostrarse ese Dios amigo que transforma nuestra vida.

 

El mundo está lleno de recintos presididos por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados descuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.

 

 Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

 

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños, sufre con los asesinados y torturados, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

 

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

 

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.

 

Este es el Dios al que Blas Pascal retrató diciendo: «es un Dios al que uno se acerca sin orgullo y se somete sin desesperación», este es el amigo que retrata en su entrega nuestras culpas, este es el que al amanecer del Domingo de la Pascua saldrá a nuestro encuentro, llevando la bandera de la vida y diciéndonos que la muerte yace derrotada. Junto a la Cruz están ellas: la primera, María, la Virgen Madre, luego María Magdalena agradecida por aquel que rehízo su dignidad perdida, están también otras mujeres fieles. Está el discípulo, llamado a guardar en su casa el tesoro del corazón que sabrá contarle los secretos de una vida confiada y fiel.

 

VIERNES SANTO: SILENCIO, SILENCIO:

 

DIOS NOS HABLA AL CORAZÓN,

 

DIOS NOS REGALA SU AMOR. AMÉN.

 



[1]Cfr. Isaías 52,13-53,12.

¿Por qué esta noche no es como las otras? ¿Qué tiene de especial que ha congregado tantas personas que en ambiente de fe y alegría se reúnen para hacer fiesta?

 

Definitivamente esta noche no es como las demás, porque en ella proclamamos exultantes de gozo el mensaje que ha cambiado por completo la historia: El crucificado ha sido resucitado por Dios.

 

Esta “noche maravillosa” como lo cantaba el pregón pascual, cargada de palabras y símbolos, nos introduce en lo esencial de la vida fe y se convierte en una escuela fantástica para aquellos que con corazón humilde y oído de discípulo se dejan sorprender por las acciones de Dios a favor nuestro en la persona de Jesucristo. Dispongámonos, entonces, a hacer experiencia del Dios de la Vida en esta celebración pascual.

 

El Evangelio, como conclusión de toda una historia de salvación que recordamos lectura tras lectura, nos lanza en el mensaje del Ángel de Señor, vestido de blanco, una frase simple que nos puede hacer sentir la plena alegría de lo que hoy vivimos. Jesús, el que había muerto, ya no está aquí. Ha dejado de estar muerto. Ha resucitado.

 

Durante toda la Pascua que ahora inauguramos haremos multitud de explicaciones de lo que esto significa para nosotros. Es más: las haremos siempre, pues es nada menos que el centro de nuestra fe. Pero en esta noche santa, dejemos que la frase de los mensajeros resuene en nosotros.

 

¿Buscan a Jesús, el crucificado? Sí, le buscamos. Le buscamos en incontables ocasiones en nuestra vida en las que nos esforzamos en descubrirle en tantos y tantos que sufren y están a nuestro alrededor.

 

Vemos su rostro en las víctimas de la violencia y de la injusticia. Vemos su rostro hambriento cada vez que ponemos la televisión y los noticieros nos muestran realidades ante las que nos sentimos desbordados. Vemos su cara de pena en todos aquellos que sufren la soledad, la incomprensión, la tristeza, la depresión.

 

Buscamos a Jesús, que sigue muriendo cada día aquí y ahora. Por eso el anuncio del ángel, su invitación a no quedarnos parados ante la muerte, nos debe llevar a salir corriendo a buscar al Resucitado, a no dejar de encontrarle en todos esos que son nuestros hermanos, pero descubriéndoles con un rostro nuevo, transfigurado, resucitado.

 

Podemos descubrir a ese Jesús que vive y nos anima a mantener muy viva la esperanza; a darnos cuenta que nuestro esfuerzo por luchar contra lo injusto vale la pena porque van "floreciendo lentamente las semillas sembradas que siempre dan fruto porque tienen el incremento de la gracia divina. Podemos verlo cuando la gente es capaz de responder a iniciativas que luchan contra la pobreza, contra la violencia, contra el hambre y la sed, contra la ignorancia. Y todo en muchas ocasiones gracias a que Él sigue con nosotros, nos alienta, y los que en Él creemos nos esforzamos por construir su Reino.

 

Y podemos mantener muy viva y resucitada nuestra fe. Una fe que se mantiene y apoya precisamente en que podemos descubrirle resucitado a nuestro lado. Él vive y su vida se transmite, se contagia, y ante cualquier atisbo de duda, podremos una y otra vez repetirnos que todo lo imposible, Él lo ha conseguido.

 

Y podemos vivir esa vida nueva que nos enseñó a llevar hasta las últimas consecuencias: la de vivir por amor. La de amar a todos, incluso —o sobre todo— al que menos lo merece. La de ser constructores de tolerancia, perdón, esperanza en medio de un mundo que hoy necesita todo lo que esta noche estamos expresando: fuego que alivie el frío que creamos los que lo habitamos; luz que disipe las tinieblas; agua viva que reavive el bautismo que nos ha dado la vida eterna de Dios; cantos de alegría que proclamen que no todo está perdido: escuchar que la salvación hoy sigue cumpliéndose.

 

Cristo ha resucitado. Y con este canto la creación entera ha encontrado su auténtico sentido. Con el Resucitado le decimos adiós a muerte, al sinsentido, a la desesperación, al miedo y a la angustia. Jesús, sacado de las garras del abismo, es llevado al lado de su Padre y con él toda la humanidad redimida. Ya no hay espacio para el dolor, la muerte y el miedo. La última palabra sobre la vida humana no la tiene la oscuridad y la pena, sino la Vida en abundancia y la felicidad.

 

Hoy se traza el itinerario de la vida del creyente: una vida llena de luz, de risas, de festejos y sobre todo, que aún si el dolor se introduce en nuestras vidas, hay presencia de sentido que nos ayuda a salir victoriosos porque en nombre de Jesús sabemos elevarnos por encima de nuestras dificultades.

 

El Resucitado nos sorprende, vive en Dios y está a nuestro lado, la tumba se ha abierto y su piedra se ha roto. Dios se salió con la suya, Dios ha restaurado definitivamente su creación. Aleluya al Dios de la Vida a aquel que por amor nos elevado al infinito de la mano de su Hijo.

 

Después de la resurrección de Cristo sus discípulos no pueden ser los mismos. Desde ahora el cristiano es un comprometido con la VIDA. Lucha por la vida, defiende la vida de aquellos que la tienen menguada. El cristiano debe ser un defensor de los pobres, amigo de los enfermos y de los presos, protector de los niños y los ancianos. El cristiano es aquel que sonríe donde muchos lloran, lleva luz a la oscuridad y confianza en el desespero.

 

El cristiano es aquel que pone en vida en sus familias por sus gestos delicados y amorosos, porque escucha y porque entiende, porque espera y perdona, porque acoge y se entrega. El discípulo de Jesús pone vida desde los gestos más pequeños hasta los más grandes compromisos de la historia. Todo esto porque el cristiano tiene la certeza que el RESUCITADO está allí donde cada hombre y mujer construyen una cultura de la vida, en contraposición a la subcultura de la muerte.

 

Queridos hermanos: En ti está el resucitado. Asume tu gran compromiso y ve a gritar al mundo que Dios no está muerto; grita complacido que Dios, tu Dios, mi Dios le ha arrebatado el poder al mal y ha burlado el sin sentido de la muerte.

 

¡No os dejéis robar el deseo de construir cosas grandes y sólidas!

 

Ciudad del Vaticano, 5 julio 2014 (VIS).-El Papa Francisco llegó poco antes delas 15.00 al Santuario de la Dolorosa de Castel Petroso para encontrarse con los jóvenes de las diócesis de Abruzzo y Molise. El Santo Padre rezó unos momentos dentro del templo y salió después a la explanada del santuario donde lo saludaron miles de chicos y chicas, a los que dio las gracias por el entusiasmo contagioso y el ambiente festivo que habían creado

 

«Estáis abiertos... a la esperanza y deseosos de plenitud, de dar sentido a vuestro futuro, —exclamó — de entrever el camino adecuado para cada uno de vosotros y de elegir la senda que comporta serenidad y realización humana. Por un lado, estáis en busca de lo que realmente importa, de lo que se mantiene estable en el tiempo y es definitivo, en busca de respuestas que iluminen tu mente y tu corazón más cálido no sólo por el espacio de una mañana o un corto tramo de camino, sino para siempre. Por otro lado, sentís un fuerte temor a equivocaros, el miedo de involucraros demasiado en las cosas, la tentación de dejar siempre abierta una pequeña vía de fuga, que si es necesario siempre pueda abrir nuevos escenarios y posibilidades».

 

«La sociedad contemporánea y sus modelos culturales predominantes —la cultura de lo provisional — no ofrecen un clima propicio para la formación de opciones de vida estables con relaciones sólidas, construidas sobre la roca del amor y la responsabilidad en lugar de sobre la arena de las emociones —dijo Francisco—El deseo de autonomía individual se lleva hasta el punto de poner todo en tela de juicio y de romper con relativa facilidad decisiones importantes y caminos de vida emprendidos libremente con compromiso y dedicación. Esto alimenta la superficialidad en la asunción de responsabilidades porque en lo más profundo del ánimo, corren el peligro de ser consideradas como algo de lo que uno puede siempre liberarse, Hoy elijo esto, mañana esto otro, cuando se me acaba el entusiasmo emprendo otro camino. Y así se dan vueltas en la vida como si fuera un laberinto... ¡Pero el camino no es el laberinto! Pararos. Buscad el hilo para salir del laberinto. No se puede quemar la vida dando vueltas».

 

«Sin embargo, el corazón del ser humano aspira a grandes cosas, a valores importantes, a amistades profundas, a vínculos que se fortalecen en las pruebas de la vida en lugar de romperse. El ser humano aspira a amar y ser amado definitivamente. ¡No os dejéis robar el deseo de construir cosas grandes y sólidas en vuestras vidas! ¡No os conforméis con pequeñas metas! Aspirad a la felicidad, tened el valor de salir de vosotros mismos y de jugaros en plenitud vuestro futuro al lado de Jesús».

 

«Solos no podemos lograrlo. Con la presión de los acontecimientos y las modas, solos nuncalograremos encontrar el camino adecuado, e incluso si lo encontrásemos, no tendríamos suficiente fuerza para perseverar, para hacer frente a las subidas y obstáculos imprevistos. Y aquí viene la invitación del Señor Jesús: «Si quieres ... sígueme.» Nos invita a acompañarnos a lo largo del camino... Nos ama definitivamente, nos eligió definitivamente y definitivamente se entregó por cada uno de nosotros... Qué bien poder hacer frente a las vicisitudes de la vida en compañía de Jesús, tener con nosotros su persona y su mensaje! Él no nos priva de la autonomía o de la libertad; al contrario, fortaleciendo nuestra fragilidad, nos permite ser verdaderamente libres, libres para hacer el bien, fuerte para seguir haciéndolo, capaces de perdonar y pedir perdón».

 

«Hay una frase —añadió— que me gusta repetir porque a menudo la olvidamos: Dios nunca se cansa de perdonar. Perdona definitivamente, borrar y olvida nuestros pecados si nos dirigimos a Él con humildad y confianza. Nos ayuda a no desanimarnos por las dificultades, a no considerarlas insuperables; y así, confiando en Él, echaréis de nuevo las redes para una pesca increíble y abundante, tendréis valor y esperanza, también a la hora de enfrentar las dificultades derivadas de la crisis económica. El coraje y la esperanza son dones de todos, pero pertenecen de forma especial a los jóvenes. El futuro ciertamenteestá en las manos de Dios... Esto no significa negar las dificultades y los problemas, sino verlos, eso sí, como algo temporal y superable. Las dificultades, las crisis, con la ayuda de Dios y la buena voluntad de todos se pueden superar, vencer y transformar».

 

«No quiero terminar sin decir una palabra sobre un tema que os afecta porque lo estáis viviendo: el desempleo... No podemos resignarnos a perder toda una generación de jóvenes que carecen de la fuerte dignidad del trabajo ... Una generación sin trabajo es una derrota futura para la patria y la humanidad...Tenemos que luchar contra esto y ayudarnos unos a otros a encontrar para encontrar una vía de solución, de ayuda, de solidaridad ...La solidaridad es una palabra cristiana: es caminar con el hermano para ayudarlo a superar los problemas. Valientes, con esperanza y solidaridad»

 

El Papa concluyó recordando que la basílica de Nuestra Señora de los Dolores, fue construida en el lugar donde dos niñas vieron a la Virgen, mientras trabajaban en el campo. «María es madre —afirmó— siempre nos ayuda cuando trabajamos y cuando buscamos trabajo, cuando tenemos las ideas claras y cuando nos sentimos confusos, cuando la oración viene espontáneamente y cuando el corazón está seco. María es Madre de Dios, madre nuestra, y madre de la Iglesia».